Las ciudades chilenas se enfrentan a una transformación silenciosa pero radical. El acelerado envejecimiento de la población, la proliferación de hogares unipersonales y el impacto del flujo migratorio están reconfigurando las demandas habitacionales del país. En el marco del Día Mundial de la Población, conmemorado cada 11 de julio, el debate ya no gira en torno a cómo expandir las urbes, sino a cómo adaptarlas de forma urgente para que sean inclusivas y habitables.
Rodrigo Mora, profesor del Magíster en Urbanismo de la Escuela de Postgrado de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, (FAU) señaló que en el caso de Chile, se presentan diversos factores demográficos. “En primer lugar, nuestro país enfrenta un acelerado proceso de envejecimiento de su población. Actualmente, existen 92 personas (mayores de 65 años) por cada 100 menores de 15 años, y las proyecciones indican que para 2028 habrá más adultos mayores que niños. Esta transformación demográfica se ve acentuada por la sostenida disminución de la tasa de fecundidad, que hoy bordea el 1,0, muy por debajo del 2,1 necesario para asegurar el reemplazo generacional”.

El académico señaló que a estos factores se le suma el aumento de la población migrante cercana a los 1,9 millones de personas, compuesta mayoritariamente por ciudadanos de otros países latinoamericanos. Al mismo tiempo, la estructura de los hogares también está cambiando: el tamaño promedio ha disminuido a 2,8 personas por hogar y los hogares unipersonales ya representan el 22% del total.
Estos procesos representan un desafío para el diseño de ciudades más inclusivas, sostenibles y resilientes, capaces de adaptarse a las transformaciones sociales y demográficas del siglo XXI.
“Actualmente hay un déficit cuantitativo de cerca de 700 mil viviendas. El envejecimiento significa que vamos a tener que pensar en formas de vivienda que permitan a las personas envejecer en el lugar, esto es, que tengan una red de cuidados, espacios públicos, y servicios a distancias caminables. Como las familias tienen menos hijos, o simplemente no los tienen, los modelos residenciales probablemente sean más pequeños, sin patios privados y más espacios colectivos”, señaló Mora.

Asimismo, el factor de la migración incrementa la demanda por viviendas en arriendo bien localizadas y de buena calidad, además de políticas que regulen este mercado. En este escenario, el urbanismo adquiere un rol estratégico al anticipar las necesidades futuras de la población y promover políticas públicas que favorezcan barrios con mejor acceso a servicios, espacios públicos, transporte y vivienda, contribuyendo a mejorar la calidad de vida de las personas.

En este sentido, Mora señaló que desde esta materia se puede pensar en diseñar ciudades más compactas y caminables, con menos dependencia automotriz. “Probablemente tendremos que avanzar hacia modelos residenciales que permitan a las personas mayores compartir con otras personas de su misma etapa de vida, ya sea a través de modalidades de arriendo o de propiedad compartida. Al mismo tiempo, será fundamental que estos espacios se ubiquen cerca de sus redes familiares, favoreciendo el contacto frecuente con hijos(as) y/o nietos(as). Asimismo, se requieren barrios con espacios públicos accesibles y de calidad que promuevan la actividad física, la vida comunitaria y el encuentro entre pares”.
En un escenario marcado por profundas transformaciones demográficas, la planificación urbana se vuelve una herramienta clave para anticipar los desafíos del futuro y mejorar la calidad de vida de las personas. En ese contexto, el Magíster en Urbanismo busca contribuir a la formación de especialistas preparados para enfrentar los retos que plantean las nuevas realidades sociales, territoriales y ambientales.