Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, alrededor de un tercio de los alimentos producidos se pierde o se desperdicia, lo que implica un uso intensivo -y muchas veces invisible- de recursos como el agua, la energía y el transporte.
En este contexto, el hogar es un espacio clave. La evidencia muestra que los aprendizajes más significativos se construyen cuando niños, niñas y adolescentes conectan lo aprendido con su experiencia cotidiana.
Así lo explica Pilar Reyes, académica del Instituto de Estudios Avanzados en Educación y directora ejecutiva del programa ECBI: "La educación ambiental efectiva no pasa por transmitir información, sino por generar experiencias que permitan a los niños construir explicaciones sobre el mundo. Cuando un niño entiende por qué ocurre algo, es más probable que modifique su comportamiento".
Desde el enfoque de la Enseñanza de las Ciencias Basada en la Indagación (ECBI), el aprendizaje se construye a partir de la observación, la curiosidad y la formulación de preguntas. Bajo esta mirada, el cuidado del medio ambiente no se enseña como una norma, sino como una forma de comprender la realidad y cuidar la naturaleza, asegura la experta.
Según Reyes, estas cinco acciones cotidianas pueden convertirse en experiencias de aprendizaje profundo y sostenido:
1. Convertir el ahorro de agua en un desafío cotidiano
El juego no solo motiva, también estructura el aprendizaje. Por eso, enseñar el ahorro de agua a través de un desafío -como reducir el tiempo de ducha- permite experimentar el impacto de nuestras acciones. Considerando que una ducha puede consumir decenas de litros en pocos minutos, esta práctica hace visible un recurso que suele percibirse como infinito.
"Desde la indagación, lo relevante no es que el niño repita 'hay que ahorrar agua', sino que pueda estimar, comparar y sacar conclusiones sobre su consumo. Ese tránsito desde la acción a la explicación genera aprendizaje profundo", explica Reyes.
2. Involucrar a los niños en la cocina para comprender el valor de los recursos
Una actividad diaria como cocinar ofrece un contexto propicio para plantear preguntas sobre qué les sucede a los alimentos al aplicarles calor; qué hacer con los desperdicios, sean orgánicos o inorgánicos; cómo se producen; o cuál es su origen.
Al participar en la preparación de alimentos, los niños observan procesos, identifican recursos y reflexionan sobre sus decisiones. En un contexto en el que en el planeta se desperdicia hasta un tercio de la comida, esta práctica conecta lo cotidiano con un problema global.
"La cocina se transforma en un laboratorio y lo que ocurre es una oportunidad para observar cambios físicos o químicos de la materia -en este caso, los alimentos- al someterlos a la absorción o liberación de energía, por lo que es un espacio privilegiado para la educación científica", dice la investigadora del CIAE de la U. de Chile.
"El propósito entonces es aprender a observar lo que sucede en tu vida diaria, reconocer que otros producen y transportan los alimentos, también aprender a no botar comida, a clasificar los envases y reciclarlos, y comprender que hay un sistema detrás de ese alimento", agrega.
3. Integrar la separación de residuos como una práctica reflexiva
Separar residuos no solo construye hábitos, también permite comprender sistemas complejos. Preguntarse qué ocurre con la basura o por qué algunos materiales se reciclan favorece el pensamiento sistémico. "Uno de los desafíos es hacer visible lo que no vemos. La basura desaparece de la casa, pero no del sistema. Comprender eso permite tomar decisiones más informadas", plantea Reyes.
4. Hacer visible el consumo de energía y sus efectos
El consumo energético suele ser abstracto. Integrarlo en la vida diaria -apagando luces o revisando el uso de aparatos- permite comprender su impacto.
"Desde el enfoque ECBI, podemos trabajar en la idea de modelar fenómenos. ¿Qué significa esto? Preguntarse qué pasaría si todos dejamos las luces encendidas, lo que permite entender el impacto colectivo de las acciones individuales", asegura.
5. Observar el entorno y fomentar las preguntas
La curiosidad es la base del aprendizaje. Observar el entorno -una plaza, el barrio o el clima- promueve que los niños formulen preguntas y busquen explicaciones, lo que fortalece su vínculo con el medio ambiente. "La evidencia muestra que las personas cuidan más aquello que conocen. Antes de proteger el entorno, necesitamos generar vínculos con él, por ejemplo, generar ternura por los seres vivos y eso parte por observar y preguntar", añade Reyes.
En ese sentido, el desafío es compartido. "Familias, docentes, comunidades y políticas públicas deben avanzar de manera articulada para formar nuevas generaciones y promover cambios en los hábitos cotidianos, de modo que logremos la capacidad de comprender -y enfrentar- la crisis ambiental", señala la experta, quien invita a las familias a sumarse "con la esperanza de que, a través de acciones conscientes y responsables, contribuyan al bienestar colectivo y a la protección de nuestro planeta".