Cada 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer, una fecha que invita a reflexionar sobre las luchas históricas de las mujeres por la igualdad de derechos, participación y reconocimiento en la vida pública. Sin embargo, esa búsqueda no solo se manifiesta en la actualidad, sino también en la manera en que se construyó nuestra historia y lo que conocemos de ella, donde en muchos casos la contribución femenina pasó desapercibida en los distintos espacios de la sociedad.
La reducida o inexistente documentación que se resguarda sobre las distintas voces femeninas lleva a reflexionar sobre cuáles han sido las pocas mujeres que han logrado quedar registradas en nuestra historia, en qué contexto fueron conservadas sus contribuciones en el pasado y qué experiencias y aportes quedaron fuera de los archivos. Estas incógnitas nos invitan a revisar la forma en la que se ha construido la memoria histórica, a reconocer quiénes han quedado pendientes y analizar nuevas formas de poner en valor estas trayectorias.
Daniela Lehto, integrante del Área de Educación y Mediación Cultural del Archivo Central Andrés Bello, explicó que el escaso protagonismo de las mujeres en los archivos tiene su origen en su tardía irrupción en el espacio público. “Durante mucho tiempo las mujeres hemos sido relegadas al ámbito doméstico, donde sus roles se vincularon principalmente a las labores de cuidado y gestión del hogar. Esta división sexual del trabajo no solo limitó su participación política y ciudadana, sino también su presencia en el mundo intelectual, económico y cultural, lo que influyó directamente en qué acciones se consideraron dignas de ser registradas y preservadas en los archivos”.
Asimismo, Fernanda Vera, directora del Archivo Central Andrés Bello, señaló que esta brecha se explica por las condiciones sociales en que fueron construidos los relatos históricos, los cuales en su mayoría fueron escritos por hombres. “En general los relatos históricos tienen que ver con hechos de la vida pública y las mujeres no participaban en ella porque la construcción de género femenina estuvo ligada al espacio doméstico, lo que desde el siglo XIX se denominó como el ideal del “ángel del hogar”, una figura doméstica que estaba dedicada a servir al marido, a los hijos y a la familia, al bien de la sociedad, pero desde lo doméstico. Por lo tanto, los acervos históricos que se constituyen de los distintos hechos públicos están en concordancia con aquello y de forma orgánica, no van a conservar relatos que tengan que ver con prácticas femeninas, porque ninguna mujer buscaba desafiar directamente aquel modelo que se esperaba en la época para ella”.
En este sentido, la mayoría de estas fuentes documentales no surgieron con el objetivo de ser resguardadas en un archivo. Cartas personales, fotografías familiares, álbumes domésticos, diarios de vida, cuadernos de trabajo fueron por siglos considerados documentos secundarios carentes de relevancia histórica para la sociedad y las instituciones. Esta decisión ha estado históricamente ligada a las jerarquías sociales, relaciones de poder, privilegiando el resguardo de fondos relacionados a las élites políticas, económicas e intelectuales, en otras palabras, espacios en donde predominaban las experiencias masculinas.
Así lo señaló Nathaly Calderón, coordinadora del Área de Educación y Mediación Cultural del Archivo Central Andrés Bello. “Esta lógica dejó relegadas las experiencias y producciones de mujeres, disidencias e infancias, y otros grupos, por largo tiempo, reproduciendo así desigualdades en la construcción y preservación del patrimonio documental. Afortunadamente hoy hay una visión más crítica de esta situación, que ha hecho que muchas instituciones se encuentren levantando proyectos que permitan abrir los archivos a los grupos que estaban invisibilizados”.
Las huellas fragmentarias de mujeres en los archivos
Esta brecha documental se expresa no solo en el ámbito histórico, sino que también en lo artístico. En la historia de la música chilena, por ejemplo, diversas compositoras del siglo XIX desarrollaron su trayectoria en círculos íntimos como salones familiares y reuniones domésticas. Sus composiciones no estaban pensadas para ser interpretadas en grandes teatros o círculos oficiales, lo que hizo que fueran menos publicadas, difundidas y conservadas.
A pesar de aquello, muchas partituras de grandes compositoras han sido preservadas y sus trayectorias han sobrevivido de manera fragmentaria como es el caso de Clorinda del Villar, de quien se observan tres volúmenes empastados con partituras que en la actualidad forman parte del acervo de la Biblioteca Nacional. Sin embargo, Fernanda Vera advierte que estos materiales fueron donados por un tenor del Teatro Municipal, por lo que muestra que en la mayoría de los casos los hombres son los que ejercen esta mediación que permite que estas huellas femeninas lleguen a los archivos.
Otro ejemplo en el ámbito artístico se puede observar en la Lira Popular con Rosa Araneda quien ha sido objeto de estudio en múltiples investigaciones que han permitido reconsiderar y apreciar su relevancia cultural, política y social. En la actualidad, este acervo llegó al Archivo Central Andrés Bello, gracias a la donación de Raúl Amunátegui.
También existen otras excepciones que confirman la regla como Mary Graham y Fanny Calderón de la Barca, mujeres viajeras que tuvieron la posibilidad de escribir y publicar sus obras gracias a su estatus social y vínculos diplomáticos, sin embargo, esos casos se dieron siempre bajo la compañía o tutela de un hombre. En Chile, conocemos figuras como Maipina de la Barra, hija de José Miguel de la Barra quien dejó un diario de viaje testimonio de su experiencia en el continente europeo cuando acompañó a su hija.
Otro caso en nuestro país es el libro Las rimas de Laura Bustos, que actualmente se resguarda en el Archivo Central Andrés Bello. La obra reúne los poemas escritos por Laura Bustos, una joven que falleció de tuberculosis y que tras su muerte y cuyos textos fueron reunidos y publicados por su padre tras su muerte. “Nuevamente, es la acción de un hombre la que permite que esa producción tenga una proyección pública y permanezca en el tiempo”, señaló Vera.
Esta brecha documental también se refleja en otros espacios de la sociedad, como es el caso de la reconstrucción de la historia institucional de la Iglesia que se amplifica en el momento en que se valorizaron los documentos y objetos vinculados a la vida y obra de las comunidades religiosas femeninas. “En nuestro país, este cambio comenzó a consolidarse recién en las décadas de 1980 y 1990, cuando empezó a parecer relevante conocer qué tenían que decir las mujeres, las y los trabajadores y otros actores históricamente marginados”, señaló Lehto.
Reparar la memoria
Durante las últimas décadas, las instituciones patrimoniales y organizaciones comunitarias comenzaron a consolidar una reflexión y un análisis más crítico respecto de los criterios tradicionales de valoración documental. Poco a poco se volvió relevante preguntarse qué tenían que decir las mujeres y otros actores históricamente marginados de la vida pública.
Una nueva mirada que para Lehto resulta relevante debido a que la falta de documentación repercute en el reconocimiento público porque lo que no se registra, no se recuerda y por ello difícilmente se visibiliza. “Cuando no había un interés por preservar las cartas, las fotografías, los escritos sobre la cotidianidad, muchas mujeres quedaron fuera de los relatos oficiales, de los textos escolares, y no se les dedicaron monumentos ni otro tipo de reconocimientos simbólicos”, señaló Lehto.
En este sentido, el Archivo Central Andrés Bello ha estado trabajando durante los últimos años en esta mirada crítica, desarrollando y fomentando proyectos que buscan visibilizar a las mujeres tanto de la universidad como de la sociedad en general. Entre ellos se puede observar la exposición de Sala Museo Gabriela Mistral “Mujeres Públicas” (2019-2024), espacio en el que las y los visitantes pudieron acercarse a conjuntos documentales ligados a distintas mujeres que exponían problemáticas de las mujeres en distintas dimensiones, como política, educación, economía, cultura, entre otras.
Asimismo, en el último tiempo la institución destacó el proyecto que creó el Fondo Justicia Espada Acuña, gracias a la documentación entregada por la familia de la ingeniera y cuyo acervo fue parte de procesos archivísticos, de conservación, difusión y educación que llevaron a que en el año 2025 este conjunto fuera declarado Monumento Histórico Nacional.
En la actualidad, se destaca también la exposición “Gabriela Mistral: Maestra de América, voz en el mundo”, realizada en conjunto entre el Archivo Central Andrés Bello, el Museo de Arte Popular Americano y XR- Labs, alojada en la Plataforma Cultural de la Universidad de Chile, así como el desarrollo del material pedagógico “Las huellas de Gabriela: Caja didáctica de Educación Patrimonial”. En ambas iniciativas se pone en valor documentos de archivo vinculados a la poeta y premio Nobel.
Asimismo, la Universidad de Chile, a través de la Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones y la Editorial Universitaria destaca a sus grandes maestros y maestras mediante colecciones dedicadas a su conocimiento y trayectoria. En la actualidad, se ha estado trabajando en un volumen que rescata las figuras de Eloísa Díaz y Ernestina Pérez, las primeras médicos tituladas de Chile y Sudamérica. Una publicación que está realizando el Archivo Central Andrés Bello y que estará compuesta por dos ensayos biográficos sobre estas intelectuales.